El Coleccionista IV

Un comic que me marcó…

En esas me encontraba. Acababa de hacerme oficialmente coleccionista y mi frikismo ya le estaba ganando terreno a todo lo demás. En mi casa había siempre comics sueltos por todos sitios (para desgracia de mi madre), sin embargo, a partir de entonces estarían algo más ordenados. Empecé a meter mis tebeos de los 4F en mi ropero. Había un espacio perfecto en la tabla que cubría los cajones de la parte de abajo. Perfecto, aunque pronto se volvió demasiado pequeño. A mí me encantaba ir a mi ropero, sacar mis comics, ojearlos y volver a ordenarlos orgullosamente. Como dije en mi anterior post, comencé en el número 19 así que me tuve que hacer con los otros dieciocho números poco a poco. En aquella época de pleno crecimiento adolescente tenía un pequeño problemilla. Era extremadamente delgado y bastante alto y, según decía el médico, si me levantaba de un asiento, por ejemplo, demasiado deprisa, a mi corazón no le daba tiempo de mandar la sangre necesaria a mi cerebro y solía marearme bastante. Pero no me dijo el doctor que podría haber más casos en los que podría marearme, así que un día se me ocurrió mirar si mis tebeos estarían mejor en la parte de arriba del ropero que en la de abajo. Mi habitación era pequeña y en ella teníamos la cama de mi hermano mayor y dos literas, una encima de la otra, donde dormíamos mi hermano pequeño y yo. Para mirar arriba, me subí por las literas, por la parte de los pies y cuando llegué arriba del todo me maree y lo siguiente que recuerdo es estar tendido en el suelo bocarriba.

En fin, batacazos aparte, el caso es que mi instinto de protección con respecto a mis comics creció ostensiblemente. Tenía catorce años y esta manía iría creciendo exponencialmente conforme fuera creciendo. Fue entonces cuando conocí a mi amigo Jesús.

La Muerte del Capitán Marvel. Starlin llegándome a la patata…

¿Qué puedo decir de él? Es una persona magnífica, que lleva siendo amigo mío desde entonces y que, a pesar de todas las dificultades, seguimos en contacto. Yo tenía un compañero de clase en el colegio que era amigo suyo y, cuando descubrió mi pasión por los comics, me dijo que me lo presentaría. Curiosamente, estaba también en nuestro mismo colegio. Jesús era un apasionado de Spiderman. Es un tío tan estupendo, que nada más conocernos nos hicimos grandes amigos. Me encantaba hablar con él de tebeos. Yo estudiaba en un colegio religioso y la verdad es que desde siempre me había sentido allí como alguien que no encajaba y me pasaba el tiempo del recreo deambulando por el enorme patio del colegio a ver si veía a mi amigo para charlar. Sin embargo, él no era igual que yo. Se sentía perfectamente allí (de hecho, hoy día es profesor de religión) y siempre me lo encontraba jugando al fútbol. Además, había otro problema. Yo estaba en 8º de EGB y el en 1º de BUP, por lo que nuestros horarios eran completamente distintos. Entraba a clase una hora antes que yo y salía al recreo antes, con lo cual tenía que esperar al fin de semana. Eso sí, el finde nos desquitábamos. Solíamos montar en nuestras bicis y recorrer Sevilla entera buscando tebeos atrasados que nos faltaran. Sobre todo yo. Él tenía una gran colección de Spiderman y le era complicado encontrar algo que no tuviese. Cuando encontraba algo era toda una fiesta. La mayor aportación que me hizo Jesús fue hacerme descubrir el formato Novela Gráfica. Poseía una: La Muerte del Capitán Marvel y quedé maravillado con esos colores y esa edición y, por supuesto, con aquella gran historia de Jim Starlin. También pude leer completa su colección de Spiderman, que, finalmente, con el paso de los años, acabó en mis manos (que no veas si me llevé tiempo pagándosela…). Y con todo esto y mi adquisición de nuevas colecciones ocurrió lo inevitable. Mi casa no crecía, pero mis montones de tebeos sí.

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