El Coleccionista VI

Y la montaña subía y subía…

El peculiar modo de almacenar comics que yo tenía no terminó en aquella nevera vieja. Como es natural, pronto también se quedó algo pequeña y tuve que buscar más espacio. En mi casa había una mesa de color negro de poliester arrumbada en algún rincón del piso. Nadie la usaba, era una mesa de esas bajitas para el salón, pero lo cierto es que estaba olvidada por todos nosotros. Mi padre la fabricó. En aquella época yo lo único que sabía del trabajo de mi progenitor era que “trabajaba en poliester”, que era un material que hacía que todos los días llegara a casa sin que nadie pudiera ni siquiera tocarle los brazos porque hasta que no se duchaba y se quitaba la fibra de vidrio le picaba horrores. Así que ese era mi conocimiento sobre el poliester, que mi padre trabajaba con él y que las cabinas de las atracciones de la Calle Infierno en la feria eran de ese material. Bueno, pues él, algunas veces construía cosas. Recuerdo un Niño Jesús que hizo de un molde que teníamos de no se qué juego y luego hizo también aquella mesa negra (bastante fea por cierto, pero práctica y funcional aunque nos olvidásemos de ella). Así que yo, que siempre estaba buscando sitio extra para que mis tebeos se encontraran más agusto, me apoderé de la poliester-mesa, la puse al lado de mi amada nevera y la llené de comics todo cuanto su reducido espacio me lo permitió.

Sin embargo, había un problema. Como recordaréis mi nevera estaba en la terraza y claro, lo que estuviera en su interior estaba salvado de la interperie, pero lo que había en la mesa no. Al poco tiempo me di cuenta de que todo lo que había encima suya se ponía perdido de polvo y adquiría un preocupante aspecto que no me gustaba nada. Decidí poner allí los comics menos queridos por mí (aunque eran muy poco menos queridos por mí que el resto, todo hay que decirlo…) y, en un alarde de genialidad sin parangón en la historia de la humanidad, cogí unas bolsas de basura, las abrí, las coloqué encima de los tebeos y las sujeté a la mesa con unas pinzas de la ropa para que el aire que entrara por la terraza no se las llevara. Fue una solución, pero en realidad no me llegó nunca a convencer demasiado. Menos mal que unos meses más tarde mi madre decidió tirar también un mueble viejo de cocina que, obviamente, me quedé yo.
Aquel horrendo artilugio que mi madre usaba en la cocina para guardar cosas, estaba hecho una pena. Estaba fabricado con metal, de una chapa no muy gruesa que tendía a abollarse bastante. Cuando la tuve en mi terraza no sabía por dónde empezar. Afortunadamente mi padre, otra vez él, me puso una mano en el hombro viendo mi cara de preocupación y dijo “vamos a arreglarlo…” . Así que nos pusimos manos a la obra. Entre los dos le quitamos toda la pintura vieja, lo lijamos y lo volvimos a pintar, pasando de ser de un color gris sucio a un bonito color marrón que apenas podía disimular lo feísimo que era, pero en aquellos tiempos no era tan normal como ahora que una familia de clase media pudiese amueblar su cocina con muebles como los actuales. En fin, mi colección seguía creciendo, pero de momento todo estaba controlado.

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *