El Coleccionista

Recupero aquí una serie de entradas destinadas a mi antiguo blog personal en las que hablo de mi vida como friki. Puede parecer que no es un tema interesante, pero creedme, cuando uno era un adolescente en las décadas de los ochenta y noventa viviendo en el sur de España, os aseguro que conseguir que tus aficiones (o frikadas) llegaran a buen puerto era bastante complicado e incluso humorístico en muchas ocasiones. Espero continuar y convertir esto en una sección regular. A ver qué pasa….


Un poco friki quizás sí que sea…

Soy un friki. Es algo sabido por todos mis conocidos. Es como si fuera algo inevitable. No sé de dónde me viene esto. No conozco a ningún antepasado mío que fuera friki. Claro que, pensándolo bien, nací en una época no muy buena y lo cierto es que mi familia tampoco tenía demasiado dinero para frikadas en aquel tiempo (nada más allá de ser un capillita de Semana Santa o de mi madre que ha resultado ser una friki del programa de “Se llama copla”, bua…).Vamos, algo parecido a la actualidad. El caso es que llevo siéndolo toda mi vida. No voy a decir que con orgullo, tampoco creo que haya que estar orgulloso porque te guste algo mucho, pero desde luego sí que mis aficiones me han llenado momentos muy duros en mi vida que, si no hubiesen existido, habrían sido mucho peores.

La culpa de todo esto la tiene mi padre. Veréis, en alguien tengo que descargar la culpa, porque os aseguro que yo solo no habría llegado a ser así. Ya lo llevaba en mis genes, no porque mi padre fuera un friki (que no lo era en absoluto), sino porque todo me vino por su afición a la lectura. Mi progenitor era un lector empedernido. Leía todo cuanto caía en sus manos, sea bueno o malo, quiero decir, lo leía todo aunque de entrada supiera positivamente que lo que se iba a meter en su cerebro en ese momento fuera una auténtica basura. Así era él. El caso es que, sea por esto que os cuento o sea porque yo era un crío muy espabilado, con tres años y medio ya sabía leer. En serio. Mi madre suele contar una anécdota graciosa de cuando yo era pequeño. Resulta que ella y yo íbamos en un taxi un día siendo yo pequeñito. Yo iba leyendo todos y cada uno de los carteles que iba viendo por la ventana del coche en voz alta. El chófer, que probablemente estaba bastante jodido porque yo no parara de hablar, dijo:
– ¿Qué, señora?, que el crío se conoce los carteles de memoria, ¿no?
Imagino que a mi madre aquella pregunta no le pilló por sorpresa y supongo que ya debió de haberse visto en situaciones parecidas, así que contestó:
– Pues no, es que mi hijo sabe leer.
Yo era muy pequeño y no recuerdo nada de esto,  pero estoy seguro que aquel hombre pensaría que todos los padres se creen que sus hijos son unos portentos y que mi madre no iba a ser menos, así que dijo:
– Venga ya, señora. ¿Cómo va a saber leer un niño tan pequeño?
– Lo único que puedo  decirle es que si no me cree, dele algo para que se lo lea y así se convencerá usted mismo.
Supongo que el conductor del taxi sonreiría y pensaría “Esta es la mía…” pensando que aquella mujer iba a quedar en ridículo, así que le hizo caso a mamá y me dio su DNI (¿os acordáis de cuando eran de color azul?), y yo hice lo que tanto me gustaba hacer, cogí aquel carnet y se lo leí de principio a fin. El hombre, pasmado y con la boca abierta dijo:
– Porque lo estoy viendo, si no jamás lo creería…
Y fue por aquella época cuando una semilla en mi interior empezó a germinar…
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